Pueden Pensar las Máquinas? (Parte 1 de 2)

Samuel Butler, Erewhon
Alan Mathison Turing, matemático inglés fallecido en 1954 cuando sólo contaba 42 años, ha sido, entre los pioneros de las ciencias del cómputo, uno de los más creativos. Se le conoce sobre todo por la idea de una máquina hipotética, llamada «máquina de Turing». Echaremos aquí una rápida ojeada a estas máquinas y nos detendremos luego en una de las ideas menos conocidas de Turing, el juego de Turing, que conduuce a profundas controversias de carácter filosófico, hoy todavía por resolver.

-es una función parcial denominada función de transición, donde L es un movimiento a la izquierda y R es el movimiento a la derecha.

La conducta de la máquina en cada una de las combinaciones de símbolo y estado queda determinada por una tabla de reglas. La tabla define totalmente la máquina de Turing concreta de que se trate. Existe una infinidad denumerable (es decir, de cardinal aleph-sub-cero) de posibles máquinas de Turing, cada una diseñada para una tarea específica; y la estructura de la máquina puede diferir mucho en sus símbolos, estados y reglas, según la tarea a ejecutar.


Turing inspiró su test en un juego de salón. Un hombre y una mujer se encierran en distintas habitaciones. Un interrogador, da igual hombre que mujer, va haciéndoles preguntas a los jugadores. Las preguntas son formuladas a través de un intermediario; el correveidile trae las respuestas, de vuelta, escritas a máquina. Cada jugador se propone convencer al preguntón de que él o ella es, en realidad, la mujer, pongamos por ejemplo. El interrogador gana el juego cuando atina quien está diciendo la verdad.
Supongamos, decía Turing, que uno de los jugadores sea sustituido por una máquina capaz de aprender, a la que hemos enseñado a conversar en un lenguaje natural. ¿Es posible que una máquina así logre engañar al inquiridor, si tanto la máquina como su compañero humano se esforzasen al máximo en convencer al interrogador de que él, ella o ello son verdaderamente humanos?

P. Vamos a ver, componga un soneto dedicado a sus padres.
R. No cuente conmigo para eso. Nunca he sabido escribir poesía ..
P. Sume 34957 y 70764.
R. (Pausa de unos 30 segundos antes de contestar). 105.621.
P. ¿Sabe jugar al ajedrez?
R. Sí.
P. Tengo mi rey en 1R. No tengo más piezas. Usted tiene su rey en 6R, una torre en 1T, y nada más. Juega usted. ¿Qué debe hacer?
R. (Tras pausa de unos 15 segundos). T8T. Mate.
R. No cuente conmigo para eso. Nunca he sabido escribir poesía ..
P. Sume 34957 y 70764.
R. (Pausa de unos 30 segundos antes de contestar). 105.621.
P. ¿Sabe jugar al ajedrez?
R. Sí.
P. Tengo mi rey en 1R. No tengo más piezas. Usted tiene su rey en 6R, una torre en 1T, y nada más. Juega usted. ¿Qué debe hacer?
R. (Tras pausa de unos 15 segundos). T8T. Mate.
Existen ya muchos programas que permiten que un ordenador simule conversaciones en lenguaje natural. Joseph Weizenbaum, ingeniero eléctrico del M.I.T., ha preparado uno que él ha bautizado «Eliza» en recuerdo de la Eliza Doolittle del Pygmalion de Shaw. El New York Times (15 de junio de 1968) reseñaba el siguiente diálogo mecanográfico entre una joven y un ordenador I.B.M. 7094, que suplantaba a un hipotético psicoanalista:
Mujer: Todos los hombres son iguales.
Ordenador: ¿En qué aspecto?
M. En que siempre están dándonos la lata con una cosa u otra.
O. ¿Puede darme algún ejemplo concreto?
M. Bueno, para que vea, mi novio me ha hecho venir aquí.
O. ¿Su novio la ha hecho venir aquí?
M. Sí. Dice que estoy siempre deprimida.
O. Lamento mucho que esté usted deprimida.
M. Pero es cierto. No soy feliz.
O. ¿Cree usted que venir aquí le servirá de ayuda?
M. Bueno, lo que está claro es que necesito que me ayuden.
O. ¿De qué cree usted que le serviría que le ayudasen?
M. Quizás... para llevarme mejor con mi madre.
O. Hábleme de su familia.
M. Mi madre se ocupa mucho de mí.
O. ¿Hay alguien más en su familia que se ocupe de usted?
M. También mi padre.
O. ¿Su padre?
M. Hay cosas en las que usted se parece a mi padre.
O. ¿Qué parecido me encuentra usted?
M. Usted no es nada agresivo, pero tengo la impresión de que no quiere que yo me dé cuenta.
O. ¿Por qué piensa usted que no soy agresivo?
M. Porque nunca me rebate lo que digo.
El diálogo prosigue en la misma tónica y no difiere gran cosa de la conversión entre un paciente y un terapeuta no directivo. El programa no era tan siquiera un programa «autodidacta». Weizenbaum admitió de buena gana que el ordenador no «comprendía» nada de lo que allí se decía. Desde luego, no podría superar el test de Turing. Supongamos, empero, que hacia el año 2020 haya ordenadores capaces de afrontar el juego de Turing con tanto éxito como ahora son capaces de jugar a las damas o al ajedrez. ¿Qué revelaría eso -si es que revela algo- acerca de la naturaleza de la «mente» de la máquina?
Ordenador: ¿En qué aspecto?
M. En que siempre están dándonos la lata con una cosa u otra.
O. ¿Puede darme algún ejemplo concreto?
M. Bueno, para que vea, mi novio me ha hecho venir aquí.
O. ¿Su novio la ha hecho venir aquí?
M. Sí. Dice que estoy siempre deprimida.
O. Lamento mucho que esté usted deprimida.
M. Pero es cierto. No soy feliz.
O. ¿Cree usted que venir aquí le servirá de ayuda?
M. Bueno, lo que está claro es que necesito que me ayuden.
O. ¿De qué cree usted que le serviría que le ayudasen?
M. Quizás... para llevarme mejor con mi madre.
O. Hábleme de su familia.
M. Mi madre se ocupa mucho de mí.
O. ¿Hay alguien más en su familia que se ocupe de usted?
M. También mi padre.
O. ¿Su padre?
M. Hay cosas en las que usted se parece a mi padre.
O. ¿Qué parecido me encuentra usted?
M. Usted no es nada agresivo, pero tengo la impresión de que no quiere que yo me dé cuenta.
O. ¿Por qué piensa usted que no soy agresivo?
M. Porque nunca me rebate lo que digo.
El diálogo prosigue en la misma tónica y no difiere gran cosa de la conversión entre un paciente y un terapeuta no directivo. El programa no era tan siquiera un programa «autodidacta». Weizenbaum admitió de buena gana que el ordenador no «comprendía» nada de lo que allí se decía. Desde luego, no podría superar el test de Turing. Supongamos, empero, que hacia el año 2020 haya ordenadores capaces de afrontar el juego de Turing con tanto éxito como ahora son capaces de jugar a las damas o al ajedrez. ¿Qué revelaría eso -si es que revela algo- acerca de la naturaleza de la «mente» de la máquina?
¿Puede un sistema pensarse a sí mismo?
Continuará...
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